Mensaje del Equipo Núcleo Intercontinental para el Día Internacional de las Personas con Discapacidad

24.11.2016 10:37

Siempre nos humaniza el ser humanos los unos con los otros en nuestra convivencia de mujeres y hombres, en las diversas maneras en que esta se construye y teje, en sus variados y complejos procesos…

Diciembre, llegando ya al final del año, nos invita a hacer conciencia de algo grande y sencillo a la vez: los tiempos tienen sus ritmos y caducidad, pero la vida y el cuidado de la misma es de todos los días, una responsabilidad de toda persona, de cada familia, del grupo al que pertenecemos, de las políticas públicas que tienen sentido si están al servicio de la vida, de las convenciones internacionales que deben prever la vida en humanidad, para la humanidad…

Tres de diciembre, desde hace ya años, tiempo para hacer conciencia de esta realidad humana de la discapacidad: más de 1000 millones de personas humanas con discapacidad en el mundo entero. Así es, cada persona con discapacidad, mujer u hombre, con cara, piel, nombre, nacionalidad, sentimientos, sueños, esperanzas, miedos, también con derecho a la vida propia, con derecho a todos los derechos…

Es bueno saber ese dato, al menos de una manera aproximada. Todos los que habitamos este planeta Tierra, mujeres y hombres, sin excluir a nadie, aunque podamos actuar en formas destructivas, depredadoras, somos seres humanos habitados por el mismo aliento de vida. Y esta realidad humana nos invita a vernos en completa dignidad y ciudadanía, sin sesgo de ninguna naturaleza (no somos casos médicos a estudiar, pobres personas a las que asistir, o de menor valía para trabajar; tampoco somos una moda que genera dinero y hace que los gobiernos de turno o las ONG, merezcan el título de humanitarios). Somos personas humanas, con ciudadanía en este mundo, viviendo en lugares concretos, de culturas diferentes, en trabajos distintos, en formas de vida familiar que expresan tradiciones ancestrales y formas de querernos, amarnos y cuidarnos.

Pero esa humanidad que somos, muchas veces no nos es posible vivirla, otras personas tampoco pueden vivir el derecho a ser bien tratadas, respetadas. Con qué facilidad y normalidad, aunque hemos dado pasos, se vive la inferioridad de las mujeres, la inutilidad de nuestros mayores y la desvalorización del que está sin trabajo o su trabajo no es remunerado. El sistema en el que estamos inmersos, en vez de incluir, descarta; incluso la adquisición de ciertos logros, si no nos cuidamos, nos alejan de la gente, nos encierran y hasta nos pueden sepultar en comodidades y egoísmos. Alguien hablaba de los nadie… sin darnos cuenta se nos priva el derecho a ser alguien, simplemente eso. No se trata de ser figuras de éxito y admiración, tampoco ser figuras de lástima, ser sólo nosotras, nosotros mismos; ejercer el derecho humano a bien vivir, no a tener más (es el derecho del capital) que nos desfigura pues nos hace vernos rivales…

Escuchemos las palabras que nos invitan a vivir y quieren que vivamos, esas voces existen y están dentro de nuestras entrañas: no callemos, rompamos los silencios que nos hacen objeto. Con nuestras vidas, nuestras palabras y acciones, individual y colectivamente, como Frater, expresemos el derecho a vivir nuestros derechos con los demás, en la misma aldea, en la barriada donde estemos ubicados, en los periféricos-suburbios, en los medios de transporte, en los lugares de trabajo, en el país donde nos regalaron la vida…

Existen las convenciones internacionales, las leyes nacionales que reconocen nuestros derechos, pero más en el papel y en la buena intención, que en las políticas y presupuestos; estudiémoslas, traduzcamos a hechos nuestros derechos. Hagamos, personal y comunitariamente, estilos de vida organizada que rechacen y denuncien todo aquello que atente contra una vida digna, humana, feliz.

Unamos nuestras sillas, nuestras voces, nuestros cuerpos, nuestro amor apasionado por la vida para que nuestra historia sea vida en abundancia para todos y todas. Que nuestra experiencia de silencio y marginación nos dé fuerza sabia en favor de un trato cuidadoso y humano para que nadie se arrepienta de haber nacido y sienta la fuerza para vivir con los demás la vida que se le ha ofrecido, en dignidad y respeto a sus derechos humanos.

Vive y acompaña la vida de otras personas por sendas de liberación, y aunque hayamos decidido caminar juntos, que nadie nos prive de la responsabilidad de vivir nuestra propia existencia. Responsabilidad de siempre, de todas, de todos y para siempre. Cuidemos la vida. Contagiemos vida.

 

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